1866: Se inventa el mito del pulpo

Victor Hugo lleva quince años exiliado en la isla de Guernesey, en el canal de la Mancha, territorio inglés. Su fama es tan grande que le llegan incluso las cartas dirigidas a «Victor Hugo – Océano». En 1866, cuatro años después de haber publicado  Los miserables, dedica un libro a los habitantes de la isla que lo cobija. Se trata de la novela Los trabajadores del mar, protagonizada por Gilliat, un marginado social que sobrevive a un naufragio. Entre los capítulos centrales de la obra encontramos la lucha entre Gilliat y el pulpo (ver aquí el texto original).

La Pieuvre nace de la fantasía de Hugo, como un monstruo terrible, el mayor testimonio negativo del Creador. Victor Hugo dedica unas veinte páginas a describirlo, y en ellas apela a los cinco sentidos del lector, para dejarle la impresión más repugnante  y espantosa posible. El pulpo dócil, generalmente pequeño (poulpe, en francés) queda dotado de medidas gigantescas y una crueldad inaudita. Algunas características (el mimetismo de forma y color) son silenciadas porque podrían generar un destello de simpatía. En pocos años, su invención literaria se difunde por el mundo y desencadena la creatividad de otros literatos, artistas, diseñadores, pintores, que convierten al cefalópodo en metáfora del mal prácticamente hasta nuestros días. El término francés pieuvre (en italiano, piovra, palabra con la que desde hace mucho tiempo se designa a la mafia) entra en el idioma italiano a través de la traducción de esta novela. La suerte está echada. El imaginario del siglo XX está servido. En 1973 el académico francés Roger Caillois considerará al pulpo como el animal ideal precisamente ara describir en un extenso ensayo la lógica del imaginario humano. En 2007, el pintor Jean Arnaud hará otro tanto en una conferencia en la que traza el recorrido de los pulpos en las artes figurativas.